Con libros al alcance de todos, el espacio que gestiona y promueve actividades de lectura y recreativas fue fundado en 1880 y es la institución más antigua de la ciudad. Necesita el apoyo urgente de la comunidad
Por Vicente Suárez Wollert
A unos cinco kilómetros al norte de Santa Elena, en la desembocadura del Arroyo El Colorado y a orillas del majestuoso río Paraná, se alza un sitio envuelto en espiritualidad y misterio: la Cruz de los Milagros. Este lugar, considerado sagrado por generaciones de lugareños, forma parte del acervo más antiguo de la ciudad y conserva, aún hoy, la memoria de una tradición cargada de fe, promesas, procesiones y celebraciones populares
Su origen es incierto, pero conviven en la memoria colectiva varias versiones. La más difundida relata que, muchos años atrás, un barco naufragó en las cercanías y uno de sus tripulantes, en medio del desastre, nadó desesperadamente hacia la orilla mientras rezaba y prometía a Dios que si lograba sobrevivir, levantaría una cruz en esas costas como agradecimiento. Se salvó. Cumpliendo su promesa, tomó el mástil del barco, lo transformó en cruz y la clavó en la barranca, erigiendo una humilde ermita de piedras a su alrededor.
Otra versión, no menos conmovedora, sitúa la historia durante las montoneras. Según esta, cuando las tropas de Ricardo López Jordán pasaron por la zona, un soldado desertor fue capturado y fusilado, y su cuerpo enterrado sin cruz que lo recordara. Tiempo después, misteriosamente, apareció una cruz en ese mismo lugar sin que nadie supiera cómo llegó allí.
También hay quienes creen que podría tratarse de una antigua tumba rural, desplazada por los desmoronamientos de las barrancas, tan comunes en esa zona del Paraná, que arrastraron la cruz desde su emplazamiento original hasta la actual ubicación. Con el paso del tiempo, la erosión del terreno ha obligado a reubicarla en varias ocasiones, pero su valor simbólico y espiritual permanece intacto.
Más allá de cuál sea la verdadera historia, la cruz se mantiene como un símbolo de fe y devoción popular. Durante décadas, y aún hoy, algunos vecinos sostienen la costumbre de visitarla los viernes, llevarle flores, velas, paños bordados y coronas, y rezar en busca de milagros. También es tradición que quienes piden una gracia deben llevar la cruz a su hogar, organizarle un baile y luego devolverla, en procesión, al sitio donde reposa junto al río.
Don Víctor Martínez, un vecino de la zona rural transitando sus joviales 80 años, no duda en afirmar que la cruz es milagrosa: “Yo la visito todos los viernes. A mí me cumplió varias veces. Cuando mi nieta estuvo internada, le prometí llevarle una vela todos los meses si salía bien. Y salió bien. Desde entonces no falto. La cruz no falla, pero hay que tener fe y cumplir lo que uno promete”.

El testimonio de Víctor no es único. Durante mucho tiempo, las promesas a la Cruz se pagaban con procesiones que partían desde su emplazamiento hasta la casa del promesante. Durante el trayecto, la comunidad acompañaba con música, canciones y oraciones. En el hogar, se velaba a la cruz en un altar improvisado y comenzaban los festejos: bailes que podían durar hasta tres días, al compás de chamamés, rancheras, polquitas y chamarritas. El sonido del acordeón y el bombo, la risa de niños y adultos, el aroma del asado compartido, convertían ese acto de fe en una verdadera fiesta popular.
Los juegos de prendas y juegos de azar formaban parte del entretenimiento, mientras la cruz permanecía en el centro de la celebración. Una vez finalizada la reunión, era nuevamente escoltada hasta su lugar en la barranca, en una nueva procesión festiva entre cantos, promesas cumplidas y agradecimientos.

No se trata únicamente de una práctica religiosa. La Cruz de los Milagros es una expresión de la religiosidad popular que nació, probablemente, en tiempos en que Santa Elena no contaba con sacerdotes permanentes. Entonces, la comunidad buscaba en estos rituales una forma de canalizar su espiritualidad, su necesidad de protección y sentido. Por eso, esta tradición combina lo sagrado y lo profano, la oración y la danza, el altar y el patio de tierra, la vela y el vino.
Cada 18 de agosto, durante la festividad de Santa Elena, patrona del pueblo, la procesión náutica parte precisamente desde ese lugar. Decenas de embarcaciones acompañan a la imagen, que navega por el río hasta el puerto de la ciudad. Ese gesto, sencillo pero lleno de simbolismo, marca la continuidad de una tradición que persiste a pesar del paso del tiempo.
Hoy, sin embargo, todo esto corre riesgo de caer en el olvido. Las nuevas generaciones conocen poco de esta costumbre. El difícil acceso al lugar, debido a los desmoronamientos, ha reducido las visitas. Aun así, algunos vecinos siguen manteniendo viva la devoción, transmitiéndola como parte de su identidad cultural. No faltan las flores, placas y prendas en agradecimiento, más alguna gruta nueva replicando y multiplicando la devoción original.
La Cruz de los Milagros no es solo un objeto de devoción perdido en una barranca. Es una historia que se narra entre lágrimas y risas, entre promesas, leyendas y canciones. Es el símbolo de una Santa Elena que reza, canta, baila y agradece. Un testimonio vivo de que la esperanza se convierte en una fuerza capaz de resistir al olvido.


